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jueves, 29 de enero de 2015

PRESENCIA DE SATAN EN EL MUNDO MODERNO: El caso muy especial de Antoine Gay (1790-1871)




CAPITULO IV

El caso muy especial de Antoine Gay (1790-1871)

Nuestras fuentes de información

Más que nunca, frente a las aventuras inverosímiles que vamos a exponer en este capítulo, experimentamos la necesidad imperiosa de indicar nuestras fuentes de información. Un autor lionés que conocemos, J. H. Gruninger, escribió recientemente, en 1952, la vida y sufrimientos de Antoine Gay bajo el título algo enigmático de El poseído que glorificó la Inmaculada. Extrajo su documentación de un folleto publicado en 1896 por Delhomme et Briguet, en Lyon, cuyo autor era Víctor Stenay. Este nombre era un seudónimo adoptado por el señor Blanc, presidente en Lyon de la Asociación de San Francisco de Sales. Para escribir su folleto, el señor Blanc recurrió a una libreta de anotaciones apuntadas por el señor Houzelot, grabador en París, cuyos negocios le llamaban con frecuencia a Lyon; a una cantidad de cartas, certificados e informes recogidos por el mismo con respecto a la posesión de Antoine Gay; a la vida del padre Chiron, que se había ocupado mucho de Gay, escrita por el abate Zéphyrin Gandon; a los recuerdos y testimonios de cantidad de personas que habían conocido a Antoine Gay. Es menester observar que su caso se había discutido apasionada- mente. Muchos testigos consideraban que la posesión diabólica era indudable en este hombre y pensaban que se debía practicar el exorcismo para liberarlo. Pero surgieron dudas, oposiciones, a tal punto que jamás fue puesto en práctica el exorcismo. Existen buenas razones para creer que esto no ocurrió sin un permiso especial de Dios. 

El autor de la obra mencionada que vamos a analizar está convencido que las pruebas de Antoine Gay tenían una razón de ser, es decir, lo que llamaremos, en el caso de Héléne Poirier, una finalidad. Parecería que hubiera existido, como en el caso de las apariciones de Lourdes a Bernadette cuya finalidad era demostrar la existencia de lo sobrenatural en una época de duda y de incredulidad, una especie de réplica a la frase ya citada y tan frecuentemente reproducida de Baudelaire: "La mejor astucia del Diablo es la de hacernos creer que no existe." Esta astucia sería perniciosa para nosotros. El Diablo no desea nada tanto como el poder de actuar entre los hombres sin que se reconozca su presencia ni su acción. Pero Dios no se lo permite. Tiene orden de revelarse, de buena o mala gana. Los hechos que consignamos en este libro son prueba evidente de ello.


Antecedentes

Antoine Gay, nació en Lantenay, en el Ain, el 31 de mayo de 1790. Fue bautizado al día siguiente, y tenemos en nuestro poder su acta de bautismo que nos informa que su padre era "notario real" en Lan- tenay, pequeña aldea del cantón de Brénod, distrito de Nantua. El niño adquirió una educación muy rudimentaria, pero se convirtió en excelente carpintero y, después de su servicio militar, bajo el primer Imperio, fijó su residencia en Lyon. Era un hombre bastante apuesto, grande, moreno, de rostro lleno de dulzura, de rasgos regulares y tranquilos. Desde el punto de vista religioso, puede decirse que los sucesos de la Revolución no habían tenido efecto sobre él. Era muy piadoso tanto que en su juventud había tenido el proyecto de hacerse religioso. Su proyecto fue, sin embargo, por razones que se ignoran, pospuesto durante mucho tiempo: en 1836, cuando ya contaba cuarenta y seis años, se presentó en la Trapa de Aiguebelle donde le dieron el hábito de hermano-converso. No pudo quedarse allí como consecuencia de una enfermedad nerviosa, cuyo verdadero carácter no llegó a discernirse en seguida. Quienes conocieron más tarde a Antoine Gay no tuvieron dudas de que su enfermedad no era otra cosa que la posesión. El demonio, que estaba en él, confesará un día que hacía más de quince años que se hallaba dentro de él, sin que nadie lo supiera y el interesado menos que nadie. Al salir de la Trapa, sin embargo, síntomas de posesión aparecieron muchas veces con nitidez. Era en 1837. Antoine Gay se vio sometido a sufrimientos atroces. ¡El Demonio estaba en él!

Las pruebas

Inmediatamente, como es natural, reclamamos pruebas. Démoslas tal cual se hallan consignadas en nuestros documentos. En primer lugar tenemos, reproducido en la obra de Gruninger, el certificado siguiente emanado del R. P. Burnoud, antiguo superior de los misionarios de la Salette, y dirigido a monseñor Ginoulhiac, entonces obispo de Grenoble: "En tres sesiones que se prolongaron de una a dos horas, hemos procedido al examen del señor Gay, de Lyon. Pensamos que es muy probable que este hombre esté poseído por el demonio. "Nuestra opinión está fundada: "l9 Sobre lo que nos ha revelado de muchas cosas secretas que el hombre no podía saber de ningún modo; "29 Sobre los signos exteriores de descontento que ha dado cuando pronunciábamos ciertas fórmulas y oraciones del Ritual «en latín». Como es indudable que Gay no conoce el latín, no podemos atribuir sino a la presencia de una inteligencia superior las contorsiones que en relación con las circunstancias en las cuales se han producido, tenían algo de sobrenatural; "39 Sobre algunas respuestas a preguntas que le hicimos en latín y que nos parecieron indicar el conocimiento de este idioma por el ser que nos contestaba en francés por boca del señor Gay; "49 Sobre los innumerables certificados que le han sido otorga- dos por personas respetables y dignas de fe quienes atestiguan la buena fe, la virtud, la sinceridad del señor Gay. Si estos testimonios son verídicos, Gay no interpreta una comedia; bajo esta hipótesis está poseído..." No obstante, hemos advertido que en este certificado el R. P. Burnoud no llegaba sino a la conclusión de una muy grande "probabilidad". Continuó, con todo, estudiando el asunto. En carta escrita al señor Blanc por el señor Houzelot, hallamos, efectivamente, las siguientes líneas: "He visto al padre Burnoud, cuando era arcipreste en Vinay: me ha declarado que después de examinar seriamente al señor Gay, había llegado a la certidumbre de que estaba realmente poseído

Certificado médico

Y veamos ahora un certificado emanado de un médico. Tiene fecha del 12 de noviembre de 1843 y lleva la firma del doctor Pictet: "Nos abajo firmantes, doctores en medicina, domiciliado en la Cruz Roja, certificamos que el señor Gay ha sido sometido a nuestra revisación por el señor abate Collet y por el señor Nicod, cura de esta ciudad, de acuerdo con el deseo de monseñor el Cardenal Arzobispo de Lyon, para que fuera examinado por los médicos. Lo cual habiéndolo hecho muy escrupulosamente durante cuatro meses y diariamente, en todas las situaciones y a toda hora, tales como en la iglesia, en la misa, haciendo con él el Viacrucis, en conversación^ pública y privada, en la mesa, en la calle, etc., etc., no hemos podido descubrir la menor alteración física o moral. Que por el contrario goza de perfecta salud de cuerpo y de alma, de una rectitud de juicio y de razonamiento poco comunes, que no sufre jamás la mínima alteración ni siquiera en las crisis extraordinarias que se repiten inopinada y frecuentemente en él, bajo la influencia de una causa oculta, inapreciable naturalmente, por los medios de nuestro arte, que hace actuar a su cuerpo y que habla por su boca, independientemente de su voluntad.

 "Atestiguamos además que, habiéndonos identificado con él se- ñor Gay, por la oración y una abnegación entera de nosotros mismos, de nuestra ciencia y de nuestra propia razón, para implorar la ayuda del Espíritu Santo, estamos convencidos que este estado extraordinario no puede ser más que una posesión. Y esta convicción nuestra es tanto más firme cuanto que en nuestra primera entrevista particular con el señor Gay, lo extraordinario que habla por su boca llegó hasta el fondo de nuestra conciencia, nos hizo la historia de nuestra vida desde la edad de doce años y nos habló de las particularidades que solamente Dios, nuestro confesor y nosotros conocemos. Y hemos sido testigos de que la misma cosa se repitió con respecto a otras personas, varias de las cuales se convirtieron."

¿Por qué no hubo exorcismo?

Después de certificado tan explícito, no puede dejar de sorprendernos sobremanera que el arzobispado de Lyon no haya llegado a la conclusión de que era necesario proceder al exorcismo. De hecho, a pesar de todos los testimonios, nunca se recurrirá a él. Y cuando reflexionamos sobre las circunstancias, nos vemos obligados a suponer que Dios no quería el exorcismo. Admitamos, en efecto, las aseveraciones constantes del demonio principal que habitaba en Gay. No cesó de proclamar — con un poco tal vez de jactancia, como es propio del demonio—: Este caso de posesión es el más extraordinario que haya existido jamás. ¿En qué era extraordinario? En que el diablo estaba ahí, si podemos decirlo así, en servicio obligado. Obedecía a Dios y Dios, por lo mismo, no permitía que se lo echara. En carta del señor Houzelot — ya citada — al señor Blanc, lee- mos lo siguiente:
"He visto a eclesiásticos que han hecho al demonio preguntas muy difíciles; éste las resolvía inmediatamente, como lo han confesado estos mismos sacerdotes... He visto al demonio llorar cuando se vio obligado a confesar las verdades de la religión de Jesucristo, o de dar buenos consejos o pruebas de la posesión. « ¡Es —decía— el mayor sufrimiento que Dios pueda mandarme el obligarme a destruir mi obra!»" Se comprende, pues, muy bien, creemos nosotros, que Dios no haya permitido jamás que se practicara el exorcismo. Hubiera sido, nos atrevemos a decirlo, injusto de parte de Dios infligir los sufrimientos que el exorcismo causa al demonio, a un diablo que estaba ahí por obediencia, completamente involuntaria, al omnipotente poder divino. Sea como fuere, el hecho es que Gay no fue nunca exorcizado, cuando todos los que se acercaban a él tenían la prueba perentoria de que estaba poseído.

Algunas peripecias de esa vida

No vayamos a creer que los testigos autorizados de esta extraña aventura espiritual abrigaban con respecto a Antoine Gay sentimientos de aversión o de desconfianza. Por el contrario, estaban convencidos de su grande virtud y de sus méritos y el certificado del doctor Pictet es prueba de ello. En el otoño de 1843, es decir, después del largo examen realizado por el doctor Pictet, los amigos del poseído trataron de mandarlo de vuelta a la Trapa de Aiguebelle donde había estado un tiempo hacía siete años. Se le pidió primero al padre Abbé de proceder al exorcismo. Pero éste opuso objeciones, alegó que estaba en la diócesis de Valence y que el sujeto pertenecía a la de Lyon. El padre Abbé, que, sin embargo, estaba convencido del hecho de la posesión, envió a Gay a ver a su amigo, el capellán de los Her- manos de Privas, en la diócesis vecina de Viviers. Gay permaneció allí veintidós días en el transcurso de los cuales dio muchas muestras de posesión, pero regresó finalmente a Lyon, sin haber sido sometido al exorcismo. De 1844 a 1847, vive en esa ciudad, en el número 72 de la calle des Macchabées, no lejos de la iglesia de S. Irenée. Se le ve, pues, errar a veces por las plazas públicas, gesticulando y profiriendo palabras extrañas. Cierto día, denunciado como demente, es conducido a la Antiquaille donde permanece tres meses, pero vuelve a salir gracias a la intervención bienhechora del célebre Bossan, el futuro arquitecto de Fourviére. Pero siempre sin exorcismos. En 1845, dos sacerdotes respetables habían presentado a Gay al arzobispo, monseñor de Bonald, quien lo había recibido amablemente y había prometido estudiar la cuestión con solicitud. Pero las cosas quedaron ahí, sin que se supiera por qué.

El R. P. Chiron

Se produce un vuelco en la vida de Gay cuando un nuevo protector, el padre Marie-Joseph Chiron, se acerca a él. Se trata de un santo hombre cuya vida ha sido escrita por el abate Zéphyrin Gandon, con prefacio de monseñor Hurault, obispo de Viviers (Aubanel, padre, Avignon). El padre Chiron, cuya memoria se venera en la diócesis de Vi- viers, era el más indicado para interesarse en el caso de Antoine Gay. Fundó, en efecto, una congregación en la cual uno de los fines era ocuparse de los alienados. Nunca creyó que Gay fuese loco, pero sí que estaba poseído por el demonio y resolvió dedicarse a aliviarlo en la medida en que Dios lo permitía. Mientras tanto, Gay se había convertido en terciario franciscano con el nombre de hermano Joseph-Marie. En 18 50, el padre Chiron parte con él rumbo al convento de Vernetesains, en la diócesis de Perpignan, con el fin de presentarlo al obispo del lugar para obtener el permiso de exorcizarlo, lo cual no pudo, por lo demás, realizarse, siempre por razones que igno- ramos, pero que responden sin duda a la hipótesis que hemos hecho: el Diablo estaba ahí en "servicio obligado". Durante este viaje se produjo un episodio que arroja un poco de luz sobre el mundo misterioso de los demonios.

La discusión de Perpignan

El padre Chiron se interesaba en Perpignan por la suerte de una mujer, madre de tres niños, que era poseída desde hacía veinte años. Toda la parroquia la había visto correr con una velocidad extrema, elevándose alrededor de cincuenta centímetros sobre el suelo —hazaña que volaremos a comentar en un próximo capítulo con res- pecto a otra posesa. Ahora bien, mientras el padre Chiron se hallaba en la casa de esta mujer, le presentaron a una desgraciada llamada Chiquette, pero cuyo verdadero nombre era, en catalán, Frangoise. Esta Chiquette, que contaba treinta y seis años, era muda; pero era poseída por un demonio llamado Madeste que estaba muy lejos, por cierto, de ser mudo. Y se produjo entre Madeste e Isacaron, el demonio que habitaba dentro de Antoine Gay, una querella de una violencia inaudita. El padre Chiron en persona ha contado la cosa en estos términos: "No bien se encontró en presencia de Isacaron se entabló entre los dos ángeles caídos un diálogo de una violencia poco común. Los demonios de los posesos parecían dos perros rabiosos. Hablaban un idioma completamente desconocido, muy dulce, que no comprendíamos para nada. Más tarde supe por Isacaron, que me tradujo la discusión, que se trataba de un punto de preeminencia: cuál de los dos era más importante. Me vi obligado con frecuencia a intervenir entre ambos que estaban prontos a irse a las manos. 

"No es necesario decir que estos dos poseídos nunca se habían visto, pero los demonios posesores, por supuesto, se conocían bien. Tuvieron en los días que siguieron y en seis ocasiones diferentes disputas siempre vehementes en el mismo lenguaje desconocido, y esto ocurrió en presencia de varios testigos." Estos hechos provocaron en el padre Chiron una impresión muy grande. En carta dirigida poco después al obispo de Clermont-Ferrand los exponía detalladamente y llegaba a la conclusión muy justa: "Sin la posesión hechos semejantes serían inexplicables." Estamos enteramente de acuerdo con esta opinión. Pero este episodio nos sugiere la idea de que el entendimiento cordial no existe tratándose de demonios ¡lo cual sería por lo demás muy asombroso! De vuelta a Lyon, Antoine Gay y su protector esperaron el fin del verano para ir a la Salette.

Una estada en Ars La reputación del santo cura de Ars era tan grande y está loca- lidad se hallaba tan próxima a Lyon que hubiera sido muy sorpren- dente que Antoine Gay no fuera presentado al abate Vianney. De hecho fue a Ars en 1853 y prolongó su peregrinaje durante quince días. Al hacer esto obedecía al arzobispo de Lyon, monseñor de Bonald en persona, quien había dicho al señor Goussard, uno de los familiares de Gay: "Lo llevará usted donde el cura de Ars y se quedará allí varios días con él." El señor Houzelot, siempre atento al caso Gay, era de la partida. Esto ocurría a fines de noviembre. El domingo próximo siguiente, cuatro de diciembre, la humilde parroquia de Ars celebraba la fecha de la Inmaculada Concepción. No olvidemos que el dogma de la Concepción Inmaculada de la Virgen no estaba todavía proclamado. Debía serlo el 8 de diciembre de 18 54. Se produjo —volviendo a Ars— un acontecimiento inesperado. Antoine Gay, arrodillado al pie de la imagen de la Virgen, con los brazos en cruz y los ojos llenos de lágrimas, pronunciaba una decla- ración solemne, que, con toda evidencia, emanaba del espíritu infernal que estaba en él, puesto que Antoine Gay no tenía una formación teológica suficiente para que del fondo de su alma saliera un discurso tan impresionante:

Homenaje de un Demonio a María "¡Oh, María! ¡Oh, María! ¡Obra maestra de las manos divinas! Tú eres lo que Dios ha hecho de más grande.

"¡Criatura incomparable, tú eres la admiración de todos los habitantes del Cielo; todos te honran, todos te obedecen y te reconocen por la Madre del Creador. Tú has sido elevada por encima de los ángeles y de toda la Corte celestial; estás sentada junto a Dios, eres el Templo de la divinidad, has llevado en tu seno todo lo que hay de más fuerte, de más grande, de más poderoso y de más amable! ".. . María, has recibido en tu seno virginal a Aquel que te ha creado, eres Virgen y eres Madre; no hay nada que pueda comparársete. Después de Dios, tú eres todo lo que hay de más grande; tú eres la Mujer fuerte; tú sola das más gloria a Dios que todos los habitantes del Cielo juntos. . . 

"En ti no ha habido jamás ninguna mancha. Que todos los que digan que no eres Virgen y Madre sean excomulgados; ¡tú has concebido sin pecado, tú eres inmaculada!.. . "¡Te alabo, oh, María! ¡Pero todas las alabanzas que te doy remontan a Dios, el autor de todo bien!. . . Después del corazón de tu divino Hijo, ninguno hay que pueda ser comparado al tuyo. ¡Oh, corazón bueno! ¡Oh corazón tierno! ¡No abandonas ni siquiera a los más ingratos y los más culpables de los mortales! ¡Tu corazón está penetrado de dulzura para con los miserables que no merecen gracia ni misericordia; los infames pecadores son convertidos por ti! "¡Ah, si los habitantes de la tierra te conocieran! ¡Si supieran apreciar tu ternura, tu poder, tu bondad, ninguno perecería! Todos los que recurren a ti con una entera confianza y que te rezan conti- nuamente, sea cual fuere el estado en que se hallan, tú los salvarás y los bendecirás eternamente. . . ¡Me veo obligado a humillarme a tus plantas y a pedirte perdón por todos los ultrajes que hago soportar al poseído! "¡Confieso hoy, día de una de tus fiestas más solemnes del año, que tu divino Hijo me obliga a decir que ésta es la más solemne de todas tus fiestas!" 

Así habló Isacaron, demonio de la impureza, por boca de Antoine Gay, y sus palabras fueron recogidas por el señor Houzelot, del cual las hemos extraído. Y comprendemos mejor, después de esta confesión obligada de un demonio, que María, cinco años más tarde, haya dicho a Bernadette quien, suplicante, le preguntaba su nombre: ¡SOY LA INMACULADA CONCEPCIÓN! El abate Toccanier, auxiliar del cura de Ars, estaba presente cuando las memorables alabanzas a la Virgen fueron proclamadas por Isacaron en la forma que acabamos de consignar. Houzelot tuvo la idea de pedirle a este último que le dictara más lentamente lo que acababa de decir, con el fin de anotar sus palabras, e Isacaron accedió. El abate Toccanier no podía ocultar su emoción. "No existe nada comparable si no es en los Padres de la Iglesia", dijo a los presentes, con respecto a la larga proclamación del Demonio.

Quiso, por lo demás, tener con éste una discusión teológica sintética, otro día, y quedó estupefacto de la seguridad de las respuestas que le fueron hechas en la más pura ortodoxia.


Sigue la ausencia de exorcismos

Sin embargo, no era posible olvidar que el poseso había ido a Ars para ser liberado allí de sus pruebas. El santo cura ¿tendría sobre Antoine Gay los mismos poderes que le hemos visto ejercer sobre tantos otros en el capítulo precedente? Aunque en esta fecha el abate Vianney estaba muy rodeado y era difícil llegar a él, Antoine Gay le fue presentado varias veces. Lo llevó consigo al presbiterio. Cierta noche, sobre todo, el cura vio que Gay caía a sus plantas como si fuera impulsado por un poder invisible, pero al mismo tiempo el poseso lo amenazaba con el puño y le gritaba con tono amenazador: ¡Vianney! ¡Eres un ladrón! ¡Nos arrancas las almas que hemos tenido tanto trabajo en seducir! Al oír estas palabras el santo hombre se limitó a hacer sobre la cabeza de Gay la señal de la cruz. Se oyó que el demonio lanzaba un grito de furor. Se decidió, no obstante, que se procedería al exorcismo. El santo cura estaba, en efecto, convencido que tenía que vérselas con un poseído. El abate Goussard, a pedido suyo, regresó a Lyon para solicitarle al cardenal de Bonald el permiso de proceder al exorcismo. "El cura de Ars, repuso el cardenal, no necesita mi permiso; sabe muy bien que se lo doy, o si no que se dirija a monseñor de Belley." Sin tardanza, el abate Toccanier escribió a monseñor Chalandon, entonces obispo de Belley. Este se apresuró a otorgar el permiso soli- citado. Y sin embargo el exorcismo una vez más ¡fue postergado y finalmente omitido! ¿Por qué? El cura de Ars pensó que era mejor realizarlo en forma muy solemne en Fourviere, en el santuario de la Virgen. Pero el tiempo transcurrió sin que una decisión de esta clase fuera tomada. Antoine Gay fue llevado de regreso a Lyon sin haber sido liberado de su terrible compañero. .. 

Con esto nos cuesta aún más descartar la idea de que Dios no deseaba liberar al poseso por dos razones: la primera, porque Antoine Gay no cesaba, a través de su prueba, de santificarse, y la segunda, porque el demonio que habitaba en él tenía que terminar la tarea que le había sido impuesta. Veamos primero este último punto.

Una página de San Grignion de Montfort

Para los que se sientan asombrados por la humildad con la cual un demonio semejante al que poseía a Antoine Gay se vió obligado en Ars, y en muchas ocasiones en otras partes, durante los cuarenta años de su presencia dentro de ese pobre hombre, a pronunciar el elogio más solemne de la Virgen, nos parece suficiente recordar la página siguiente de San Louis Grignion de Montfort, en su célebre tratado De la verdadera devoción a la Santísima Virgen. Hablando de la hostilidad que existe entre María y Satán, el santo escribe: "Jamás ha formado ni ha creado Dios una enemistad más irreconciliable que durará y aumentará hasta el mismo fin: es entre María y el Diablo; entre los hijos servidores de la Santísima Virgen y los hijos y agentes de Lucifer; de modo que el más terrible de los ene- migos que Dios ha creado contra el Diablo es María, su santa Madre. Hasta le ha dado desde el paraíso terrestre, aunque todavía ella no estaba sino en su mente, tanto odio contra ese maldito enemigo de Dios, tanta industria para descubrir la malicia de esta antigua serpiente, tanta fuerza para vencer, echar por tierra y aplastar a este orgulloso impío, que él la teme más, no solamente que a todos los ángeles y los hombres, sino en cierto sentido que a Dios mismo.

No es que la ira, el odio y el poder de Dios no sean infinitamente más grandes que los de la Santísima Virgen, puesto que los de María son limitados; pero es que, primeramente, Satán, por su orgullo, sufre infinitamente más al ser vencido y castigado por una pequeña y humilde sirvienta de Dios, y su humildad lo humilla más que el poder divino; en segundo lugar, porque Dios ha dado a María un poder tan grande contra los diablos que temen más, como se han visto obligados a confesarlo, a pesar suyo, por boca de los poseídos, uno solo de sus suspiros por algún alma que las oraciones de todos los santos, y una sola de sus amenazas contra ellos que todos sus tormentos" (obra citada, N° 52). ¿No es esto precisamente lo que acabamos de oír y comprender por boca de Antoine Gay, órgano del demonio Isacaron? Pero tenemos que oír al mismo personaje en la función providencial que le había tocado en suerte.

Un combate patético

Quienes han oído a Antoine Gay, y son muchísimos, han atestiguado siempre que se advertía en él una extraña dualidad. Y esta dualidad no era solamente entre él y el demonio que lo poseía, sino entre los diversos lenguajes del demonio mismo. Se distinguía sin dificultad el tono de Antoine Gay, al natural. Se expresaba siempre con voz dulce, con bondad y lentitud, sin apartarse jamás del decoro más culto. En cambio, cuando el principal de los tres demonios que habían elegido domicilio en él, Isacaron, tomaba la palabra, la voz se tornaba, por el contrario, breve, imperiosa, apasionada: adoptaba un tono autoritario y hablaba de tú con todo el mundo sin miramientos ni distinciones, aun cuando se dirigiese a los más altos dignatarios de la Iglesia. Sólo que en sus palabras se podían discernir dos registros completamente diferentes. Ora hablaba, si podemos decirlo así, en calidad de Diablo —y esto era necesario para que se supiese bien lo que era— y entonces mostraba su rabia, rechinaba los dientes, profería horribles blasfemias. Su fealdad se reflejaba en las facciones del poseso y todos los que lo vieron aseguran que era algo horroroso tanto para los ojos como para los oídos. Era el primer registro, el registro infernal para llamarlo por su nombre. Pero cuando cumplía con la tarea que le había sido impuesta, es decir, cuando se expresaba como esclavo de Dios e interpretaba m papel, no sólo era ortodoxo en lo que decía sino que su tono se tornaba untuoso, elocuente, a veces sublime. En el transcurso de un mismo diálogo, se veía al posesor y al poseído tomar la palabra por turno y se comprendía la lucha espantosa que se desarrollaba en el corazón del pobre Antoine Gay. Por ejemplo, acaba de hablar, de deplorar el estado en que se encuentra, de proporcionar las pruebas de su piedad muy sincera. Súbitamente y sin transición, Isacaron interviene por boca de él. La voz cambia. Se hace ronca y se asiste a un desbordamiento de gritos, de injurias e invectivas. ¡El que era antes todo dulzura y humildad, se muestra de pronto amargo, sarcástico, obsceno!

Confesiones diabólicas

Pero lo que asombra, lo que hasta entonces no se había visto sino muy raramente, son los testimonios del mismo demonio sobre la misión que ha recibido y la cual tiene que cumplir de buena o mala gana. No es una vez al pasar, sino diez veces por día que vuelve sobre el tema y que lo proclama: "¡Me veo forzado a alabarte, oh, Maestro Soberano! —exclama—. ¡Las criaturas están obligadas a reconocerte y reconocer tu poder, tu bondad y también tu justicia terrible! "Soy yo, Isacaron, príncipe de los demonios impuros, que está obligado por orden de Aquel que es todo, a hacer escribir cantidad de cosas." Durante ese tiempo, en efecto, los oyentes y en especial Houzelot, no cesaban de tomar notas sobre todo cuanto decía. Y la voz proseguía: "¿Debo entonces servir de instrumento para instruir a los hombres, yo que rabio por perderlos? ”Estoy obligado a decir cosas que parecen asombrar a los hombres más sabios: las digo para gloria del Todopoderoso, para vergüenza y confusión del Infierno. "La voluntad de Aquel delante del cual todo se doblega en el Cielo es que yo, el diablo Isacaron que poseo el cuerpo de Gay, hable por su boca, actúe por sus miembros y haga muecas horribles, lance gritos espantosos, yo, que me veo forzado por Dios a dar todos los días pruebas de la posesión de este hombre. "¡Oh, sublime Maestro! ¡Cuánto me haces sufrir! ¡Me obligas a demoler mis fuertes, mis bastiones! Que sea maldito el momento en que yo entré en este cuerpo. Nunca hubiese creído verme forzado a trabajar para gloria del Altísimo y trabajar en la conversión de las almas." Existen muchas pruebas de que Isacaron deseaba que lo relevaran de su tarea, que hubiera querido el exorcismo para poder partir ¡que sentía que no lo hicieran! Cierto día que se habló delante de Gay del padre de Ravignan, entonces encargado de las Conferencias de Notre-Dame, después de Lacordaire, el demonio por boca de Gay, exclamó: "¡Es un hombre! ¡Es un sacerdote! ¡Le dirás que diga la misa para liberación del poseído y para que el poder que tengo sobre su cuerpo me sea quitado antes de su liberación!"

Una escena de predicación

He aquí una escena que cuenta el hermano Prime, de las Escuelas Cristianas, en Feurs, Loire. El padre Chiron, al dirigirse de Lyon a Clermont-Ferrand con Atoine Gay, le había escrito que se detendría en Feurs con un poseso. Llegó efectivamente. El hermano y toda la comunidad fijan su mirada sobre su compañero de ruta. ¿Qué ven? Un hombre muy tranquilo, muy correcto, y hasta muy afable. El hermano no puede creer lo que ve. Susurra en el oído del padre Chiron: "¿No me había dicho que traería al poseso con usted?" Pero apenas había hecho esta reflexión cuando el "señor muy correcto", de pronto, cambia de rostro. "La espuma en la boca, los ojos inyectados en sangre, con un tono que me hace palidecer —escribe el hermano—: « ¿Acaso no me ves?», me dice. "Creo — añade el hermano — que me hubiera caído al suelo de terror si el padre Chiron no me hubiera sostenido." Y era casi siempre así. En el momento que menos se esperaba, el pobre Gay se entregaba de pronto a contorsiones increíbles, se arrojaba al suelo, daba vueltas sobre sí mismo sin perder jamás el equilibrio. Y este hombre que era generalmente pesado adquiría una liviandad y una flexibilidad extraordinarias. Cierto día lanzó un pun- tapié con el pie izquierdo a la cabeza de un interlocutor de bastante estatura y volvió a posarlo en el suelo con la misma facilidad con que lo hubiera hecho el mejor acróbata. Pero, cuando se esperan escenas de ira, he ahí que se produce un nuevo cambio. Los ojos se llenan de lágrimas. La voz del demonio se suaviza. La misma boca que profería injurias comienza una predicación y se le oyen decir propósitos como los siguientes: "El malo no es feliz. Si se está lleno de sí mismo, se está lleno del espíritu del demonio. ¡Es por lo sentidos que perdemos al hombre! "Dios se sirve de los hombres para probarlos. Si están afligidos reciban esto como una gracia. ¡La cruz es preferible a todo! ¡Dios la ha llevado para la salvación de los hombres y la hace llevar a los que ama! "El mundo cree que la humildad es debilidad e incapacidad; ¡y yo les digo que la humildad es poder y grandeza!”Si ustedes conocieran la desgracia de los reprobados serían todos santos. No hay idioma para expresar los tormentos de los condenados; no hay espíritu humano capaz de comprenderlos. "¡El que ama a los hombres más que a Dios no será de ningúfo. Modo amado de Dios! "Dios permite los reveses por el bien espiritual de los hombres, a fin de hacerlos entrar en sí mismos y que vuelvan a Él. "¡No olviden jamás que las cruces son preferibles a los honores! "Es preciso comprender que la vida es corta y que se deben soportar las penas con espíritu de penitencia como provenientes de Dios. "No se puede amar a Dios sin amar a su prójimo. ¡Felices los que saben abandonar todo por Dios! "¡Ah! ¡Si los hombres pudieran ver la belleza de un hombre en estado de gracia! "La felicidad no está aquí abajo; ¡el que posee a Dios posee todo!”El rico debe ser el ecónomo del pobre. Dios le ha puesto la riqueza en la mano para ayudar a sus semejantes: ¡es el hombre de negocios de Dios! "El rico debe despreciarse a sí mismo y seguir las lecciones del Salvador cuando dice: «Es más difícil para un rico salvarse que para un camello pasar por el ojo de una aguja.»" Pero lo más extraño era que Isacaron no había terminado de pronunciar todas estas sentencias edificantes, cuando se enfurecía y empezaba a blasfemar contra Dios, a injuriar a las criaturas, ¡a injuriarse a sí mismo! "¡Desdichados los orgullosos! —exclamaba—. ¡Desdichado yo, Isacaron! ¡Es el orgullo, la ingratitud y la desobediencia lo que han hecho de mí un ángel rebelde y reprobado!"

Algunas reflexiones de Isacaron

Citemos aún algunas reflexiones de Isacaron sobre diversos temas:
Sobre Pila tos: "Pilatos que era juez sabía que condenaba a un inocente y sin embargo el Diablo lo impulsó o condenar al Juez soberano, al Juez de jueces. ¡Pilatos al lavarse las manos se las ensuciaba!" Sobre María-Magdalena, de quien el Evangelio dice que el Señor había echado de ella "siete demonios": "María Magdalena es una gran santa a la cual hay que recurrir con entera confianza. En cuanto tuvo la felicidad de conocer a Dios, su contrición fué tan grande, sus lágrimas tan abundantes que ningún demonio ha podido hacerla pecar de nuevo. Es el modelo de los ver- daderos penitentes que deben tenerla por abogada particular junto a Dios, porque Dios concede grandes favores a quienes la invocan."

Sobre la meditación: "Si meditan bien sobre la vida del Salvador y de su santa Madre, 'los desafío a cometer contra Dios el menor pecado. "jEl hambre, la sed, la muerte, no son nada: el pecado sólo es temible!"

Sobre la perfección cristiana: A una señora que preguntaba a Isacaron en qué consistía la perfección cristiana y cuál es el camino que conduce a ella, le contestó: "Tener horror del pecado mortal; no cometer voluntariamente pecados veniales, no perder de vista la presencia de Dios; saber humi- llarse todos los días de su vida, porque el orgullo es el peor de todos los vicios; dar buenos ejemplos y buenos consejos; hacer penitencia, como lo pedía el Precursor. ;Y que el que sea santo se santifique aún más!"

Oración a María Terminemos estos aforismos de origen extraño por la Oración a María compuesta y dictada por el demonio Isacaron:

ORACIÓN
Oh, divina María, a ti me dirijo con entera confianza, tú que no descuidas a nadie, tú que tienes tan a pecho la salvación de los hombres, y a quien Dios nada puede rehusar de todo cuanto le pidas. Tómame bajo tu protección poderosa, si te dignas escuchar mis humildes plegarias, el infierno todo no podrá dañarme, Tú que eres en cierto modo ¡la dueña de mi suerte! Mi suerte está entre tus manos, si tú me abandonas ¡estaré perdido sin remedio! Pero, no, ¡eres demasiado buena para ignorar a quienes esperan en ti! ¡Ruega por mí a la Santa Trinidad y estoy seguro de mi salvación! ¡Ah, cómo desearía hacerte conocer a todos los habitantes de la tierra! ¡Cómo quisiera anunciar por todas partes tu grandeza! ¡Tu bondad, tu poder! Lo que yo no puedo hacer, deseo que las inteligencias celestes lo hagan y que los mismos demonios se vean forzados a publicar que tú eres la obra maestra de las manos divinas, que tienes el poder de Dios en la mano, que eres terrible para los demonios y que todo está sometido a ti. ¡Eres la criatura incomparable! Tú eres la única Virgen y Madre, tú has dado al mundo al Redentor, tú formas un rango aparte con San José. Estás pues más arriba que todos los santos: ¡eres verdaderamente divina! Espero en ti y creo firmemente que todas las potencias infernales no podrán triunfar sobre mí. ¡Así sea! ¡Todos los ángeles y todos los santos te bendicen para siempre jamás! ¡Así sea!

Después de haber pronunciado esta plegaria, se nos asegura que el demonio, poniéndose súbitamente burlón y haciendo alusión al hecho de que Antoine Gay hubiera estado encerrado durante tres meses como demente en la Antiquaille, en Lyon, exclamó: "¡Irán a los sanatorios a buscar locos que les dicten una oración semejante!" 

El fin de Antoine Gay

Con toda evidencia la vida de Antoine Gay había sido lo que podíamos llamar fuera de lo común. En el siglo XVII hubo un ejemplo sobrecogedor de una posesión que sirvió para la santificación del poseso en medio de las más aterradoras pruebas: se trata del padre Surin, jesuita, que fue durante veinte años sometido a la posesión diabólica, como consecuencia de los exorcismos de las Ursulinas de Loudon. El caso de Antoine Gay es un poco distinto, pero se parece al del padre Surin por este rasgo innegable: la santificación del poseso. Sus últimos años estuvieron marcados por una especie de abandono general, más terrible aún quizá que la posesión. El padre Chiron había muerto en 18 52. El santo cura de Ars, que también se había interesado en él, había abandonado este mundo en 18 59. Después de esta muerte Antoine Gay vivió aún doce años. Pero no había ya casi nadie para acudir en su auxilio, por lo menos, en forma continuada. Pero aceptaba todo con maravillosa resignación. Su familia tenía vergüenza de él. Dos de sus hermanas eran hostiles con él. La más joven impedía que sus hijos fuesen a visitar a su tío. Y sin embargo, Antoine Gay, escuchando solamente su buen corazón, le dio doscientos francos — entonces era una buena suma — para que se cuidara cuando estuvo enferma. El demonio estaba siempre ahí. Antoine Gay combatía sin descanso a su cruel enemigo, mediante una vida de oraciones y de penitencias rigurosas. Vivía como uno de los monjes del desierto de antaño: ayunando, a pan y vino, acostándose sobre una tabla, usando el cilicio y aplicándose la disciplina. Durante los seis últimos años de su vida, fue asistido en su pobre morada, situada en el 72 de la Rué des Macchabées, parroquia de Santa Irenée, por piadosos y caritativos lioneses, sobre todo, una señora bondadosa que permanecía junto a él durante largas horas. Estas visitas consolaban al pobre hombre, porque en presencia de ciertas personas el demonio atormentaba menos violentamente a su víctima. Pero le estaba reservada una nueva prueba que volvemos a encontrar en casos más recientes: Isacaron, el diablo que se comportaba como amo de su cuerpo, no quería que se confesara, como Gay hubiera deseado hacerlo. Isacaron era categórico. Le aseguraba que no se confesaría antes de haber sido sometido al exorcismo. ¿Por qué esta exigencia? Parecería que el demonio sufría también él una presión providencial. Estaba ahí, lo hemos visto, como "en servicio obligado" e interpretaba un papel que constituía para él un suplicio particular. Hubiera deseado, pues, el exorcismo para salir de eso. Y como el exorcismo no se realizaba, quería por lo menos perder el alma de este infortunado del cual no podía escaparse, alejándolo de los sacramentos. Le aseguró, pues: "¡No te confesarás antes que yo salga de tu cuerpo!" Y añadía: "Nunca ha habido una posesión como ésta, y nunca habrá otra semejante", lo cual creemos sin dificultad. De hecho el demonio impidió a Gay, cierta vez, durante tres semanas, de oír misa el domingo. Un día el padre Perrier fue a verlo en compañía del señor Blanc. El padre Perrier había estado otrora en la casa de los jesuitas de Lalouvesc, y allí había conocido a Antoine Gay. Acababa de ser nombrado en la residencia de Lyon. Al visitar al poseso su intención era facilitarle la confesión. Pero en esta ocasión todavía Isacaron* declaró una vez más que no se confesaría antes de su propia liberación. Los dos visitantes esperaron en vano. Todo el tiempo que duró su presencia, Gay se vio en la imposibilidad de articular una palabra. En 1869, Antoine Gay, entonces de 79 años, fue por algunas semanas a Lantenay, en su provincia natal, para arreglar cuestiones de sucesión que lo enemistaban con su familia. En carta dirigida a la mencionada señora de Lyon que iba a verlo de tiempo en tiempo, leemos estas líneas quejumbrosas: "El diablo me hace todavía más mal que en Lyon. Deseo que recen mucho por mí porque se acerca mi fin. No sé cuándo podré regresar a Lyon; siempre surgen obstáculos, el mundo se pone de parte del demonio. Mi aflicción va siempre en aumento.... Le ruego que presente mis humildes respetos al padre Perrier. Le dirá usted que me recomiendo a sus oraciones, que no me olvide en el Santo Sacrificio de la Misa. . ." Y como postdata esta mención: "El infame Isacaron me ha dicho: contesta pronto." Después de esta carta Antoine Gay regresó a Lyon. Cayó muy pronto en un estado lamentable. Al verlo pasar las gentes movían la cabeza con compasión. 

Se le oía decir: "No puedo ya quedarme en mi miserable choza." Su enemigo interior no le dejaba un momento de respiro. Lloraba sin cesar. Y sin embargo su fe permanecía intacta: "Todo cuanto puedo decir y hacer — decía — es llamar en mi auxilio a la Santísima Virgen y San José." Durante la guerra de 1870-71 que el demonio había anunciado por su boca, fué más atormentado que nunca. Isacaron lo obligaba a tenerse con los brazos en cruz durante horas sin permitirle cambiar de posición. Veía acercarse su fin rápidamente. El 4 de junio de 1871, la señora T. .., la caritativa persona que lo visitaba de tiempo en tiempo, fue a verlo; lo encontró muy enfermo y se quedó junto a él alrededor de una hora y media. El repetía sin cesar que su fin se acercaba, pero que no sería liberado. Desde hacía dos meses no había podido ir a misa por causa de su debilidad. El cura de Santa Irenée que vivía muy cerca de la casa de Gay fué advertido de su estado por la señora T.... Trató una vez de confesarlo. Era el 13 de junio, día de San Antonio de Padua. Todos los esfuerzos fueron inútiles. "Antes del exorcismo, no", decía Isacaron. Y nada más que con estas palabras, Antoine Gay se quedaba mudo bajo la presión diabólica. El cura no dejó por eso de dar la absolución y la extremaunción al moribundo, que éste recibió con todas las muestras de la más profunda fe. Un cuarto de hora más tarde moría en presencia del cura que lo había asistido hasta el último instante. ¡Este valiente cristiano había vivido casi medio siglo en las cadenas y la indeseable intimidad del príncipe del Infierno! 

El acto de defunción de Antoine Gay figura en un registro de la parroquia de Santa Irenée, con la mención que sigue: "En el año 1871 y el 14 del mes de junio, he dado sepultura eclesiástica a Antoine-Louis Gay, fallecido el 13 del corriente a la edad de 81 años", firmado Chazelle, vicario. Entre los que lo conocieron bien y que le mostraron su simpatía es menester nombrar además de los que ya hemos mencionado tales como el padre Chiron, el santo cura de Ars, el padre Perrier, el abate Toccanier, a hombres de mucho renombre como el R. P. Collin, fundador de los Padres Maristas, el abate Chevrier, fundador del Prado, y muchos otros.

martes, 27 de enero de 2015

EL MATRIMONIO CATÓLICO: Con ocasión a la finísima expresión empleada por Francisco



Al hablar sobre la apertura a la vida y destacar el concepto de "paternidad responsable", Francisco sorprendió ayer al decir que algunos creen que para ser buenos católicos deben tener hijos "como conejos".

Por otro lado, consideró que para mantener la población lo ideal es tener tres hijos por familia. "Creo que el número de tres por familia es lo que dicen los técnicos que es lo importante para mantener la población. Tres por pareja", indicó. (La Nación.com.ar)





   EL MATRIMONIO

Teología de la Perfección Cristiana
Antonio Royo Marín,  O.P.

   El último de los sacramentos instituidos por Nuestro Señor Jesucristo es el matrimonio. Constituye, junto con el del orden, uno de los dos sacramentos necesarios desde el punto de vista social, aunque no del personal o individual. El sacramento del orden es absolutamente necesario para perpetuar en la Iglesia la jerarquía sagrada, formada por los ministros del Señor. El del matrimonio lo es para la digna y conveniente propagación de la especie humana y la formación de nuevos miembros de la Iglesia y futuros ciudadanos del cielo.

   En el matrimonio se distingue un doble fin: primario y secundario. El fin primario del matrimonio es la generación y educación de los hijos.

   “Procread y multiplicaos y henchid la tierra” (Gen I, 28). Luego esa es su finalidad primaria y principal.

   El Código canónico declara expresamente que “la procreación y la educación de la prole es el fin primario del matrimonio”.  Este fin es tan necesario y tan esencial, que, si se le excluye positivamente, no puede haber matrimonio válido, pues a él se ordena el matrimonio por su misma naturaleza.

   La razón teológica la da Santo Tomás: “El matrimonio fue instituido principalmente para el bien de la prole, no sólo para engendrarla, ya que eso puede verificarse también fuera del matrimonio, sino, además, para conducirla a un estado perfecto, pues todas las cosas tienden a que sus efectos logren la debida perfección. Dos perfecciones podemos considerar en la prole, a saber: la perfección de la naturaleza no sólo en cuanto al cuerpo (educación física), sino también respecto del alma mediante aquellas cosas que pertenecen a la ley natural (educación moral) y la perfección de la gracia (educación religiosa).

   El fin secundario del matrimonio es la ayuda mutua de los cónyuges y el remedio de la concupiscencia.

   Dice Pío XI en su encíclica sobre el matrimonio: “Hay, pues, tanto en el  mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial fines secundarios, como son la ayuda mutua, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia, cuya consecución de ninguna manera está prohibida a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto conyugal y, por ende, su debida ordenación al fin primario”.

   En cuanto contrato natural, el matrimonio legítimamente celebrado establece entre los contrayentes un vínculo de suyo exclusivo e indisoluble y le da pleno derecho a los actos necesarios para la generación de los hijos.

   Como sacramento, el matrimonio, el matrimonio confiere la gracia sacramental a los que lo reciben sin ponerle  óbice,  y el derecho a las gracias actuales para cumplir convenientemente los fines del matrimonio.

   Dice Pío XI en la encíclica Casti connubii:  “… porque este sacramento, a los que no ponen lo que se suele llamar óbice (obstáculo), no sólo aumenta el principio permanente de la vida sobrenatural, que es la gracia santificante, sino que añade también dones peculiares, disposiciones y gérmenes de gracia, aumentando y perfeccionando las fuerzas a fin de que los cónyuges puedan no solamente entender, sino íntimamente saborear, retener con firmeza, querer con eficacia y llevar a la práctica cuanto atañe al estado conyugal, a sus fines y deberes; y, en fin, concédeles derecho al actual auxilio de la gracia cuantas veces lo necesiten para cumplir las obligaciones de su estado”.

   Recordemos la historia de Zaqueo. Deseaba ver a Jesús. Subióse a un árbol que había en el camino por donde Jesús había de pasar. Zaqueo se contentaba con verle, aunque fuera un poco de lejos. Mas Jesús al verle, envolviéndole en una mirada de infinito amor, le dijo: “Baja del árbol, Zaqueo, que hoy quiero hospedarme en tu casa”. Y bajó Zaqueo corriendo. Y acercándose a Jesús y sintiéndose por dentro transformado y lleno de gozo, exclamó: “La mitad de mis bienes, Señor, estoy dispuesto a dar a los pobres; y si a alguno he podido defraudar, le devolveré el cuádruplo”.
   Con sólo ponerse en la presencia del Señor y oír sus palabras, se sintió Zaqueo inundado por un torrente de luz. Y súbitamente cambió la escala de valores que en su alma tenía establecida. Y comenzó a amar lo que no amaba –a Jesús y a cuanto a  Jesús representa… -y a despreciar lo que amaba –las riquezas, a las que dedicaba todos sus cuidados.

   Zaqueo al conocer a Jesús y al contacto de Jesús, se transforma para su bien, para su felicidad, para su gloria.

 Que todos los matrimonios sean otros Zaqueos que por amor a Jesús cumplan sus  mandatos. Quedarán transformados para su bien, para el bien de sus almas y de las almas de los hijos que Dios tenga a bien enviarles.  Sin poner obstáculos para ello.  Estarán contentos como Zaqueo de cumplir sus mandamientos, de tener contento a Dios mismo, al precio que sea, pues su gracia nunca les faltará. Y también, se sentirán envueltos en esa mirada de infinito amor y en esa paz del alma que sólo Dios sabe dar y que nadie les podrá robar. Que el mundo diga lo que diga.

 Quienes quieran agradar a Nuestro Señor Jesucristo todavía están a tiempo de cambiar, como Zaqueo, su escala de valores y comenzarán a amar lo que no amaban y a despreciar lo que amaban, el mundo y sus máximas.  El Evangelio es eterno. No cambia. 


jueves, 22 de enero de 2015

Sermón de la Fiesta de la Sagrada Familia: R. P. Hugo Ruiz (México D.F.)

¡Oh maravillosa humildad y paciencia del Hijo de Dios!:Padre Fray Luis de Granada


Meditaciones
Por el Padre Fray Luis de Granada
Año 1912

“Acompaña  al Señor a la casa del pontífice Caifás y ahí verás eclipsado el Sol de justicia, y escupido aquel Divino Rostro en que desean mirar los ángeles. Porque como el Salvador siendo conjurado por el nombre del Padre que dijese quién era, respondiese a esta pregunta lo que convenía a aquellos que tan indignos eran de oír tan alta respuesta, cegándose con el resplandor de tan grande luz, volviéronse contra Él como perros rabiosos, y allí descargaron sobre Él todas sus iras y rabias. Allí todos le dan de bofetadas y pescozones: allí escupen con sus infernales bocas en aquél Divino Rostro: allí le cubren los ojos con un paño, y dándole bofetadas en la cara juegan con Él diciendo: Adivina quién te dio.

 ¡Oh maravillosa humildad y paciencia del Hijo de Dios! ¡Oh hermosura de los ángeles, rostro era ese para escupir en Él! Al rincón más despreciado suelen volver los hombres la cara, cuando quieren escupir; y en todo ese palacio ¿no se halló un lugar más despreciado que tu Rostro, para escupir en Él? ¿Cómo no te humillas con este ejemplo tierra y ceniza?¿Cómo ha quedado en el mundo rastro de soberbia después de tan grande ejemplo de humildad? Dios calla escupido y abofeteado: los ángeles y todas las criaturas tienen las manos quedas, viendo así maltratar su Criador, y el vil gusanillo trastorna el mundo sobre un punto de honra? 

¿De qué os espantáis, hombres, por ver a Dios tan abatido y maltratado en el mundo; pues venía a curar la soberbia del mundo? Si te espanta la aspereza de la medicina, mira la grandeza de la llaga; y verás que tal llaga tal medicina como esta requería, pues aun con todo esto no está sana. Te espanta ver a Dios tan humillado; yo me espanto de verte a ti todavía tan soberbio, estando Dios tan humillado. Te espanta ver a Dios abajado al polvo de la tierra; yo me espanto de ver, que con todo esto el polvo de la tierra se levante contra el cielo, y quiera ser más honrado que Dios.

   ¿Cómo no basta este tan maravilloso ejemplo para vencer la soberbia del mundo? Bastó la humildad de Cristo para vencer el corazón de Dios y amansarlo, y no bastará para vencer el tuyo y humillarlo? Dijo el ángel al Patriarca Jacob: no te llamarás ya más Jacob, sino Israel será tu nombre, porque si para con Dios fuiste poderoso, cuánto más lo serás para con los hombres? 

Pues si la humildad y mansedumbre de Cristo prevalecieron contra el furor y contra la ira divina, ¿cómo no prevalecen contra nuestra soberbia? Si aplacaron y amansaron un corazón tan poderoso como el de Dios airado, ¿cómo no truecan y amansan el nuestro? 

Espántome, y mucho me espanto, cómo con esta paciencia no se vence tu ira, con este abatimiento tu soberbia, con estas bofetadas tu presunción, con este silencio tan profundo entre tantas injurias los pleitos que tú revuelves porque te tocaron en la ropa.

miércoles, 14 de enero de 2015

CONCEPCIÓN CATÓLICA DE LA ECONOMÍA: P. Julio Meinvielle CONTINUACIÓN


CAPÍTULO III

LA PRODUCCIÓN INDUSTRIAL

En el primer Capítulo estudiamos el concepto mismo de economía, Y demostramos, que la economía Por su objeto formal próximo, o sea la procuración de bienes materiales útiles al hombre, busca el perfeccionamiento del hombre en su aspecto material; de donde, es esencialmente humana o moral.
Moral, no porque se ocupa de ella el hombre (también se ocupa de la química y de la física, y éstas no son ciencias morales) ni porque las construye o edifica (también construye obras de arte, y éstas no son de suyo morales), sino porque la economía está ordenada, por su misma naturaleza, al servicio del hombre. Una economía que no sirviese al hombre, que no contribuyese a su bienestar humano, bienestar social universal, común, y no tan sólo de una clase, no es economía. De aquí que el Capitalismo no sea econo-mía; que el Socialismo no sea economía. Los tratadistas modernos y las universidades modernas, que multiplican las teorías económicas, mejor dicho las fórmulas de acrecentar las riquezas, ignoran la economía. Habrá en todos estos sistemas y estudios un derroche aprovechable de técnica, de observaciones económicas que podrían integrarse saludablemente en la economía; pero esta integración no se ha realizado, sino que, por el contrario, estos elementos económicos han sido incorporados en la concepción antieconómica de la Economía moderna por lo cual ha resultado una máquina devoradora del bienestar humano. En una palabra: la Economía moderna es antieconómica.

En el segundo capítulo estudiamos el fenómeno producción de la tierra, y denunciamos el trastorno de la Economía moderna, que tiende por su esencia, aceleración del lucro, a absorber la producción de la tierra en la producción industrial y comercial. Afirmamos que era necesario que la producción de la tierra recobrase el lugar primero de función reguladora de toda la producción a que le destina la misma realidad económica. Ciertos países podrán dar mayor impulso a la industria, mientras otros, por sus condiciones geográficas, lo darán a la agricultura y a la ganadería. Pero el ritmo económico mundial no deberá estar arrastrado por el mercantilismo o industrialismo, y aún, un determinado País no abandonará su agricultura para dedicarse exclusivamente a la industria. Ha sido este el gran error "contra naturam" cometido por Inglaterra en los albores del capitalismo y sancionado definitivamente en 1842 con la ley de los cereales. Error cuyas consecuencias mortales está experimentando ahora, cuando se encuentra sin la agricultura que proporciona el sustento primario del hombre y sin mercados donde colocar sus productos industriales pasados de moda.

Propiciamos, como necesario, y aún como impuesto por el mismo ritmo francamente proteccionista de la economía mundial, el retorno a una producción económica, tipo rural en oposición a urbano, doméstico en oposición a mercantil.

La producción industrial

¿Y la producción industrial? ¿Será necesario sepultar como inútil la estupenda expansión de la técnica y de la máquina? De ninguna manera. Será tan solo necesario asignarle un lugar secundario ya que viene a satisfacer necesidades del hombre también secundarias. A nadie se le hará difícil admitir esto, si tiene en cuenta que sólo es economía aquella que perfecciona al hombre, que satisface su bienestar material humano; ahora bien, este bienestar es jerárquico: porque primero es comer, después vestirse y habitar, y sólo después gozar de lo superfluo, que preferentemente suministra la industria. Luego, también debe ser jerárquica la producción. La tierra ha de primar sobre la industria. Al proponer esto me hago perfecta cuenta que ha de parecer blasfemia a los que creen en el confort y conciben la misión del hombre sobre la tierra según el tipo esbozado por el presidente Hoover, cuando dice: "El hombre que tiene un automóvilstandard, un radio standard y una hora y media de trabajo diario menos, tiene una vida más colmada y más personalidad de la que poseía antes".

Otra cuestión es saber si será posible restituir la industria al lugar secundario que le corresponde.

Evidentemente que en el actual estado anémico del hombre, es absurdo imaginarlo. Porque mientras la vida industrial ha adquirido una corpulencia de monstruo (recuérdese la magnífica, la victoriosa historia del industrialismo con la era del algodón, del hierro fundido, de la máquina accionada por el va-por, de la química, de la electricidad, del motor de gasolina, inventos ahora utilizados matemáticamente en la racionalización de la vida industrial), mientras la vida industrial, digo, ha adquirido una corpulencia monstruosa, el hombre continuando en la brecha abierta por Lutero, Descartes y Rousseau (Véase, J. Maritain en Tres Reformadores, Berdiaeff en ¿Una nueva Edad Media?), ha ido perdiendo su personalidad, y es hoy un simple grano de polvo, accionado por infinitas circunstancias. Ha perdido su poder do-minador. De suerte que mientras la bestia ha ido aumentando su corpulencia y coraje, el domador ha perdido su imperio.

No es difícil calcular cual ha de ser la suerte del domador, debilitado frente a la bestia enfurecida.

Figura poética, sin duda. Pero es muy posible que los hombres no atinen a ponerse de acuerdo sobre cómo mantener en límite el poder de la máquina. Y mientras tanto, ésta los extermina.

En resumen: que el problema de la producción no tiene solución mientras no se resuelva el más general de la misma economía, y éste a su vez, mientras no se resuelva el de la vida, según expliqué en el primer capítulo. Observación trivial que han de tener presente los especialistas, quienes pretenden imponer un orden local sin atender al orden total. La síntesis es anterior al análisis, lo uno a lo múltiple.



Justificación moral
del capital

Previas estas consideraciones preliminares entremos a estudiar la ordenación que ha de haber dentro de la misma vida industrial.
Habremos de justificar el capital, el salario, la gestión, la máquina, y armonizar sus derechos. Obsérvese que la justificación de estos elementos la hago en general, en abstracto, indicando la conformación esencial que pueden y deben tener. No hago la justificación de estos elementos tal como se han concretado en el capitalismo, precisamente porque ha dado una conformación perversa e injusta a estos elementos de suyo buenos.

La justificación debe hacerse desde el punto de vista moral, o sea de la acción humana como humana. ¿Pueden, y en qué medida, justificarse estos elementos como actos humanos? ¿Pueden ser actos de virtud o, en cambio, son actos intrínsecamente viciosos?
Si lo primero, pueden justificarse siempre que en verdad procedan con buena ordenación; si lo se-gundo, jamás se justifican Si lo primero, siempre que sean buenos serán benéficos; si lo segundo, serán nefastos.

Ahora bien, esto supuesto, veamos si se justifica el capital.
El capital se justifica como ejercicio de una virtud que Santo Tomás llama de la magnificencia. Si recordamos bien, dijimos en un anterior capítulo que la propiedad privada tiene una función social, una destinación común, - uso común, que dice Santo Tomás. En virtud de esta destinación común de los bienes exteriores, “lo superfluo que algunas personas poseen -dice Santo Tomás- es debido por derecho natural al sostenimiento de los pobres; por lo que dice San Ambrosio (serm. 64) «De los hambrientos es el pan que tú tienes detenido; de los desnudos las ropas que tienes encerradas; de la redención y absolución de los desgraciados es el dinero que tienes enterrado»" (II-II, q.66 a. 7).

¿Será entonces necesario desprenderse de lo superfluo, es decir, de aquello que sobra una vez satis-fecha la necesidad y el decoro de la propia condición, y donarlo a los pobres en forma de limosna? No es esto precisamente necesario. Se podrá invertir este dinero en empresas que proporcionen trabajo y pan a los necesitados.

Es ésta la doctrina de S. S. Pío XI, enseñada admirablemente en su encíclica sobre la Restauración del orden social, cuando dice: "El que emplea grandes cantidades en obras que proporcionan mayor oportunidad de trabajo, con tal que se trate de obras verdaderamente útiles, practica de una manera magnífica y muy acomodada a las necesidades de nuestros tiempos la virtud de la magnificencia, como se colige sacando las consecuencias de los principios puestos por el Doctor Angélico (II-II, q. 134)”.

La virtud de la magnificencia, como explica el Santo Doctor, ordena el recto uso de grandes cantidades de dinero, así como la liberalidad ordena en general el uso del dinero, aunque sea poco. Obsérvese que pecaría, por tanto, de avaricia quien acumulase el dinero superfluo y lo substrajese al uso común.

De donde resulta que el concepto económico de capital está justificado por el ejercicio de la virtud cristiana de la magnificencia.

¿Qué es, en efecto, el capital? Es riqueza acumulada que se invierte en una empresa para la producción de otra riqueza, y así se beneficia a la comunidad. De modo que el capital, como tal, busca pri-mero beneficiar a la comunidad, a los pobres, porque es la inversión de lo superfluo que por derecho natural se debe al sostenimiento de los pobres. (Santo Tomás).

Creo que no es menester demostrar que no es éste el concepto que del capital se ha forjado el capitalismo. Reservando para el próximo capítulo una crítica más a fondo del concepto capitalista de capital, baste decir ahora que para el capitalismo, el capital es dinero que produce más dinero, que concentra más dinero. Exactamente lo contrario del capital genuino. Porque lejos de hacer del capital un medio que di-funda el beneficio del dinero en la comunidad, hace de él un imán que lo acumula en forma rápida y absorbente en manos del individuo afortunado que lo posee. Por eso, mientras el capitalista acumula, se enriquece de modo fantástico, la multitud es continuamente despojada, hasta quedar en la actual miseria y desocupación.

Se ha olvidado la destinación eminentemente social, común de la riqueza invertida en capital. Se ha olvidado, además, la esterilidad ingénita del dinero mientras no sea empleado por el trabajo de la inteligencia y de los brazos. ¿Quién hace las riquezas materiales nuevas? El trabajo del hombre. La iniciativa de un empresario, que con su inteligencia y con su voluntad tesonera resolverá el modo más eficiente y rápido de una mejor producción de riqueza; el trabajo de los obreros, que aplicado bajo la dirección de la inteligencia del empresario producirá la riqueza. 

La producción de riquezas es un efecto propio del traba-jo. El capital invertido en medios de producción (máquinas, inmuebles) es un instrumento, necesario si se quiere, pero un simple instrumento cuya fructificación le viene del trabajo. El trabajo es, pues, superior al capital como la causa principal es superior al instrumento. En la confección de un libro los derechos del autor son primeros y superiores a los derechos de la tinta y de la pluma, p. ej. El capital tiene derechos, es cierto, pero sus derechos son posteriores a los derechos del trabajo.

“Por esto – escribe Jacques Maritain (Religion et Culture, pág. 97) – fácilmente se concibe un régimen de asociación entre el dinero y el trabajo productivo, en el cual el dinero invertido en una empresa representa una parte de la propiedad de los medios de producción y sirve de alimento a la empresa, por lo cual ésta se procura el equipo material que necesita, de suerte que la empresa siendo fecunda y produciendo beneficios, una parte de estos beneficios vendría al capital". Es decir, el capital alimentaría al trabajo y no el trabajo al capital Exactamente lo mismo que enseña Santo Tomás, cuando escribe (II-II, q. 78, a. 2): “El que confía su dinero a un mercader o a un artesano, formando con él una especie de sociedad, no le transfiere la propiedad de su dinero; lo guarda para sí y a sus riesgos y peligros, y participa, sea en el comercio, sea en el trabajo de artesano. En este caso puede legítimamente reclamar como cosa que le pertenece una parte del beneficio que de allí proviene".

De aquí se sigue, contra la doctrina de Marx, que el capital, tiene derecho a una parte del beneficio, y que el beneficio, de suyo, no es una usurpación al trabajo del obrero como lo pretendía la teoría simplista de la plus-valía.

Se sigue igualmente contra la injusticia flagrante del capitalismo liberal, que los derechos del capital son posteriores a los derechos del trabajo. El Capitalismo ha invertido los derechos del trabajo y los del capital, sofocando a aquél bajo las garras avarientas de éste. "En lugar de ser tenido el dinero -escribe J. Maritain, pág. 97- por un simple alimento que sirve de sustento material al organismo vivo que es la empresa de producción, es él tenido como organismo vivo, y la empresa con sus actividades humanas es considerada como su alimento; de suerte que los beneficios no son el fruto normal de la empresa alimentada por el dinero sino el fruto normal del dinero alimentado por la empresa. Inversión cuya primera con-secuencia es hacer pasar los derechos del dividendo antes de los del salario".

Es necesario clamar contra esta injusticia que constituye las entrañas mismas del capitalismo, in-justicia que pasa inadvertida aún para los mismos obreros, que la consideran como la cosa más natural y justa. El capital es un instrumento del trabajo. El trabajo debe servirse del capital. Por esto es injusto el afán primario y único que mueve al capitalista a asegurar la ganancia y a acrecentar el capital. Esto es secundario, y viene después de haberse asegurado suficientemente el bienestar humano, según la condición de cada uno, de todos los ejecutores y operarios que han puesto su actividad en la empresa. Además que, como decía antes, y se desprende de la doctrina de la Iglesia enseñada por Santo Tomás, el capitalista que invierte su dinero no debe buscar ante todo su ganancia, su beneficio, su lucro, sino que primero ha de tratar de proporcionar trabajo y con ello el bienestar humano a aquellos menos afortunados que él en la posesión de riquezas, y sólo una vez que ha sido satisfecha esta exigencia primaria del capital, puede beneficiarse él mismo con las ganancias que resulten.

Para muchos, este raciocinio carecerá de fundamento, parecerá fantasía ... Bien sé que el capitalismo y el capitalista no se mueven sino por el lucro, por la sed de oro, por el ansia de amontonar. Por esto estoy afirmando desde el primer capítulo que el capitalismo es injusto, nefasto, y está amasado en el pecado de la avaricia ... Por esto estoy afirmando que el capitalismo se ha levantado y se levanta con el robo a los derechos inalienables del trabajador. De aquí que a nadie le convenga con más justicia que al capitalismo, lo que San Juan Crisóstomo afirmaba de las grandes fortunas: "En el origen de todas las grandes fortunas existe la injusticia, la violencia o el robo".

Pero, a pesar de saber que es una ocurrencia infantil enseñar que los derechos del capital se han de exigir después de los derechos suficientes del trabajo, lo reafirmo. Primero, porque hay que expresar la verdad; segundo porque entonces es mas necesaria que nunca su enseñanza; tercero, porque desde la primera línea de este libro he anunciado que únicamente formularía un juicio de valor, axiológico, sobre la realidad económica moderna. Esto ha de defraudar a aquellos que querrían una receta práctica que, sin abandonar el capitalismo, arreglase la economía perturbada. Pero la verdad es que la única solución verdaderamente práctica es abandonar el capitalismo esencialmente injusto.

La empresa

El trabajo, decimos, es primero, y el capital es secundario. Los dos se asocian en la empresa. Pero hay trabajo del empresario y trabajo del obrero. El primero es trabajo de la inteligencia y de la voluntad: el empresario se arriesga.

¿Qué contrapeso equilibrará los riesgos del empresario? El capital también se arriesga ¿qué contrapeso lo equilibrará?

En cambio, el operario no arriesga nada. Como su condición de hombre sin rentas no le permite aguardar el beneficio de la empresa para vivir de estas utilidades, a lo mejor problemáticas, debe trabajar por una paga cuotidiana que le asegure la subsistencia de él y de los suyos, como enseguida explicaremos al hablar del salario. De aquí que en rigor de justicia, al obrero no le corresponda participación en las utilidades.
El obrero asalariado no forma entonces, propiamente, parte de la empresa. Aunque por razones de otra índole, como enseña Pío XI en Quadragesimo anno, "sería más oportuno que el contrato de trabajo, algún tanto se suavizara en cuanto fuese posible por medio del contrato de sociedad, como ya se ha comenzado a hacer en diversas formas con provecho no escaso de los mismos obreros y aun patronos. De esta suerte los obreros y empleados participan en cierta manera, ya en el dominio, ya en la dirección del trabajo, ya en las ganancias obtenidas”.

Esto supuesto, hay ahora varias cuestiones que plantear. 1º ¿La empresa -asociación de trabajo y capital-, ¿ha de proponerse una ganancia? 2º ¿Esta ganancia puede ser móvil primero de la empresa? 3º ¿Cómo repartir esta ganancia?
Tres puntos sumamente difíciles, que deben ser determinados con prolijidad, desde el punto de vista de la ley moral.